En la espesa niebla de la madrugada, un niño corría sin aliento hacia el único lugar donde aún creía que alguien podría salvarlo: el patio de un club de motociclistas, donde un grupo de hombres curtidos por la vida se preparaba para salir. “¡Ayúdenme, por favor! ¡No tengo a nadie más!” gritó, con una herida fresca cerca del ojo y el corazón roto de miedo. El líder del grupo, un hombre de mirada dura y barba canosa, se acercó a calmarlo… hasta que notó algo colgando del cuello del niño: dos placas militares gastadas, grabadas con el mismo emblema de lobo y águila que él mismo llevaba sobre el pecho. Sus manos temblaron. “¿De dónde sacaste esto?” preguntó, con la voz quebrada. El niño, sollozando,
respondió: “Era de mi papá… antes de que se fuera.” En ese instante, veinte años de silencio y dudas se desmoronaron de golpe sobre el corazón de aquel hombre.
“Tu papá era mi hermano, mijo. Y ahora te tengo a ti,” susurró el líder, su voz rota mientras una lágrima recorría su rostro curtido por años de silencio. Lo envolvió en un abrazo fuerte y protector, como si pudiera devolverle de golpe todos los años perdidos. Pero el momento de paz duró apenas un instante. El niño se tensó de repente entre sus brazos, los ojos abiertos de terror, fijos en algo detrás de ellos. “¡Ahí viene! ¡Es él!” susurró, aterrado. El líder se giró lentamente… y entre la niebla espesa del camino, una motocicleta solitaria emergió, su faro cortando la bruma como un cuchillo. El jinete se detuvo frente al grupo, se quitó el casco despacio, y dejó ver un rostro marcado por una cicatriz… y una sonrisa que no prometía nada bueno.

“Veo que encontraste un nuevo hogar, mocoso,” dijo, con una calma que helaba la sangre. El niño retrocedió, aferrándose a la mano del líder. ¿Quién era realmente ese hombre? ¿Y qué relación tenía con la muerte del padre del niño? La respuesta está a punto de cambiar el destino de todos los que están en ese patio.







