Eran casi las diez de la noche cuando Marisol terminó de bañar a su hija. El agua aún goteaba del grifo, las burbujas se deshacían lentamente sobre la piel de Sofía, y por un momento todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.
—Ya casi terminamos, mi amor —susurró Marisol, pasando la esponja por la espalda de la niña—. ¿Escuchaste eso?
Sofía no respondió. Tenía la mirada fija en la puerta del baño, que había quedado entreabierta.
Un crujido. Lejano, pero real.
El rostro de Marisol cambió en un instante. Las lágrimas llegaron antes que las palabras.

—Tenemos que irnos. Ahora.
Envolvió a Sofía en una bata blanca, la niña apretó su osito de peluche contra el pecho, y juntas avanzaron por el pasillo en penumbras. Cada paso de madera crujía bajo sus pies como un aviso.
—Mami, ¿qué pasa? —preguntó Sofía, con la voz quebrada.
—Shh… no hagas ruido, cariño.
Llegaron a otra puerta. Marisol la empujó apenas unos centímetros, lo suficiente para ver hacia el pasillo principal.
Y entonces lo vio.
Una sombra. Alta. Inmóvil. De pie, justo donde debía estar la puerta de entrada.
Sofía se asomó detrás de su madre, abrazando con fuerza al osito.
—¿Papá…? —susurró, casi sin voz.
Pero su padre no había llegado a casa todavía.
Marisol no podía moverse. Sus piernas, las mismas que la habían llevado corriendo por el pasillo segundos antes, ahora parecían clavadas al suelo.
La sombra no avanzaba. No retrocedía. Solo estaba ahí, observando.
—Sofía, escóndete detrás de mí —ordenó en un susurro apenas audible, empujando con suavidad a la niña hacia atrás.
Pero Sofía ya había visto demasiado. El reflejo de la luz del pasillo le permitió distinguir una chaqueta oscura, unos hombros anchos, una postura que no reconocía de nada ni de nadie.
No era su padre.

Era un hombre que ninguna de las dos había visto jamás.
El extraño dio un paso hacia adelante. Las tablas del piso volvieron a crujir, esta vez más cerca.
Marisol sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No había tiempo para llamar a la policía, no había tiempo para pensar. Solo había una puerta cerca, la del cuarto de Sofía, y una decisión que tomar en menos de tres segundos.
—Corre —le dijo a su hija, empujándola hacia la habitación—. Lo que pase, no salgas.
Cerró la puerta detrás de ambas justo cuando los pasos del hombre se detuvieron, a centímetros de la entrada.
Silencio.
Y entonces, una voz que ninguna de las dos esperaba escuchar:
—Sé que están ahí dentro. No voy a hacerles daño… solo busco algo que me pertenece.
Marisol miró a su hija, que temblaba abrazando su osito en la oscuridad del armario.
Lo que ese hombre buscaba estaba, en realidad, mucho más cerca de lo que cualquiera de las dos imaginaba.







