El mar Caribe brillaba bajo el sol de la tarde, pero para mí aquel día dejó de parecer hermoso.
Hacía apenas tres días que me había casado con Flynn.
Tres días.
Deberían haber sido los tres días más felices de mi vida.
En cambio, mientras el enorme yate avanzaba lentamente entre aguas azules, yo comenzaba a preguntarme por qué me sentía cada vez peor.
Mi padre había pagado aquella luna de miel como regalo de bodas. Para cualquier persona que lo viera desde fuera, mi vida parecía un cuento de hadas: un esposo atractivo, una boda espectacular y un crucero privado por el Caribe.
Pero había algo que nadie sabía.
Mi familia tenía una fortuna enorme.
Y yo era la principal heredera.
Mi padre siempre me había advertido que el dinero atraía a personas que no estaban enamoradas de mí, sino de lo que podían obtener de mí.
Yo nunca quise creerlo.
Mucho menos cuando conocí a Flynn.
Él parecía diferente.
Era atento, encantador y sabía exactamente qué decir para hacerme sentir especial.
Cuando me mareé durante el primer día del crucero, fue él quien me sostuvo.
—Descansa, cariño. El mar puede ser traicionero —me dijo.
La segunda noche ocurrió lo mismo.
Me sentí débil, con sueño y sin energía.
Flynn volvió a insistir en que tomara una pastilla.
—Es para el mareo. Te ayudará a dormir.
Confié en él.
Hasta aquella tarde.

Me desperté de una siesta con una sensación extraña. Tenía la cabeza pesada y las piernas débiles.
Miré el reloj.
Flynn no estaba en la habitación.
Intenté levantarme, pero tuve que apoyarme en la pared.
Decidí buscarlo.
Quizá estaba con el capitán o tomando algo en una de las cubiertas.
Salí de la suite y avancé lentamente por el pasillo.
El interior del yate estaba decorado con madera oscura, enormes ventanales y detalles dorados. Todo parecía lujoso y tranquilo.
Entonces escuché voces.
Venían de un salón situado unos metros más abajo.
Reconocí inmediatamente una de ellas.
Era Flynn.
Me acerqué unos pasos.
Entonces escuché una segunda voz.
—¿Estás seguro de que seguirá funcionando?
Era Aidan, su padre.
Sentí un escalofrío.
Me quedé detrás de una pared, sin atreverme a respirar.
—Por supuesto —respondió Flynn—. Cada noche está más débil.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Qué significaba aquello?
Entonces escuché a Fiona, la madre de Flynn.
—¿Y esta noche?
Hubo unos segundos de silencio.
Después Flynn respondió tranquilamente:
—Esta noche terminamos con todo.
Me llevé una mano a la boca.
No entendía lo que estaba escuchando.
Hasta que él pronunció mi nombre.
—Ella cree que todo se debe al mareo. Para cuando llegue la medianoche, estará demasiado débil para sospechar nada.
Mi cuerpo se quedó paralizado.
Las pastillas.
Las noches anteriores.
La sopa que Flynn insistía en prepararme.
Todo comenzó a encajar.
Pero todavía no había escuchado lo peor.
Aidan preguntó:
—¿Y si alguien de la tripulación los ve?
Flynn soltó una pequeña risa.
—No los verá nadie. Después de la cena, todos estarán ocupados dentro. La llevaré a cubierta y le diré que necesita aire fresco. Si ocurre un accidente en medio del mal tiempo, nadie podrá demostrar nada.
Me temblaban las manos.
Quería correr.
Quería gritar.
Pero sabía que si hacía cualquier ruido, descubrirían que estaba allí.
Entonces Fiona preguntó:
—¿Y el dinero?
Flynn respondió sin ninguna emoción:
—Los trescientos millones serán nuestros.
Sentí que me faltaba el aire.
Tres días antes, ese hombre me había jurado amor eterno frente a todos nuestros familiares.
Ahora hablaba de mi muerte como si estuviera organizando una cena.
Aidan parecía preocupado por un detalle diferente.
—¿Estás seguro de que la documentación está preparada?
—Completamente —respondió Flynn—. Antes de la boda conseguí que firmara los documentos necesarios. Ella pensó que eran papeles relacionados con la administración de sus inversiones.
Cerré los ojos.
Recordé aquella tarde.
Flynn había insistido en ayudarme con unos documentos antes de nuestra boda.
«Solo son trámites financieros», había dicho.
Yo había firmado sin pensarlo demasiado.
Ahora entendía por qué había estado tan interesado en que lo hiciera.
Pero entonces escuché algo que me hizo sentir todavía más aterrada.
Fiona preguntó:
—¿Y sus padres?
Aidan respondió:
—No tendrán tiempo de interferir.
Flynn guardó silencio unos segundos.
Después dijo:
—Cuando ella desaparezca, todos estarán demasiado ocupados buscando respuestas. Y sus padres viajarán la próxima semana. Tenemos un plan para ellos también.
Sentí que las piernas casi me fallaban.
Ya no se trataba solamente de mí.
Mi familia también estaba en peligro.
Retrocedí lentamente.
Cada paso parecía durar una eternidad.
Tenía que volver a mi habitación.
Tenía que pensar.
Pero cuando llegué al pasillo, escuché movimiento detrás de mí.
Me quedé inmóvil.
—¿Escuchaste algo? —preguntó Fiona.
Mi corazón se detuvo.
No respondí.
Escuché pasos.
Alguien estaba acercándose.
Miré hacia el pasillo.
La puerta de mi suite estaba a pocos metros.
Corrí.
Entré y cerré silenciosamente.
Me apoyé contra la puerta intentando controlar la respiración.
Unos segundos después, escuché pasos pasar frente a mi habitación.
Luego silencio.
No sabía cuánto tiempo tenía.
Quizá minutos.
Quizá horas.
Pero sabía una cosa:
Flynn pensaba que yo estaba completamente indefensa.
Y ese era su mayor error.
Me acerqué al espejo y observé mi rostro.
Estaba pálida.
Mis manos seguían temblando.
Pero poco a poco apareció otra expresión.
Determinación.
Si Flynn quería hacerme creer que estaba demasiado débil para defenderme, iba a dejar que siguiera creyéndolo.
No iba a enfrentarlo.
Todavía no.

Primero necesitaba conseguir ayuda.
Tomé mi teléfono.
Sin embargo, antes de llamar a nadie, recordé algo.
En aquella zona del océano, la señal era intermitente.
No podía depender de una llamada.
Entonces pensé en otra persona.
El capitán.
Pero si Flynn tenía cómplices, no podía confiar en cualquiera de la tripulación.
Necesitaba una forma de demostrar lo que había escuchado.
Miré alrededor de la habitación.
Entonces vi mi teléfono sobre la mesa.
Y tuve una idea.
No necesitaba que Flynn supiera que yo había descubierto la verdad.
Podía hacer que hablara.
Podía conseguir que cometiera un error.
Guardé el teléfono y salí nuevamente de la habitación.
Esta vez caminé con cuidado.
Cuando llegué al salón, Flynn apareció al final del pasillo.
Al verme, su rostro cambió durante una fracción de segundo.
Después volvió a sonreír.
—Cariño, ¿qué haces levantada? Pensé que estabas descansando.
Lo miré.
El mismo hombre que tres minutos antes había hablado de mi muerte ahora me acariciaba el cabello.
—Me siento un poco mejor —respondí.
Él sonrió.
—Perfecto. Esta noche quiero enseñarte algo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Flynn señaló hacia la cubierta.
—Una sorpresa.
Sonreí.
—Me encantaría.
Pero por dentro ya estaba preparando mi propio plan.
Aquella noche, Flynn pensaba llevarme a la cubierta para acabar con mi vida.
Lo que él no sabía era que yo ya no era la mujer indefensa que creía tener bajo control.
Y antes de que llegara la medianoche, iba a descubrir quién de toda la tripulación estaba realmente de mi lado.
Porque había cometido un error.
Uno pequeño.
Pero suficiente para cambiarlo todo.
Cuando Flynn se alejó, miré discretamente hacia la puerta del salón.
Había alguien allí.
Alguien que había escuchado nuestra conversación.
Y cuando nuestros ojos se encontraron, esa persona hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza.
Como si quisiera decirme:
«No estás sola.»
Fue entonces cuando comprendí que mi única oportunidad de sobrevivir no consistía en huir.
Consistía en hacer que ellos mismos revelaran toda la verdad.
Y esa noche, mientras una tormenta comenzaba a formarse sobre el Caribe, yo iba a jugar el papel de esposa inocente por última vez.







