Inés había visto lo que ocurría con las otras novias.
El príncipe Adrián besaba a cada una frente a la corte y, segundos después, su piel se volvía blanca y rígida hasta quedar convertida en piedra.
Trece mujeres ya decoraban los corredores del palacio como estatuas.
Cuando llegó el turno de Inés, todos esperaban el mismo final.
Adrián se acercó y la besó.
Pasó un segundo.
Luego otro.
Inés miró sus manos.
Seguían calientes. Seguía respirando.
El príncipe retrocedió, pálido.
—¿Por qué no te conviertes en piedra?
Inés no respondió. Corrió hacia las estatuas y se detuvo frente a Teresa, la novia anterior.
Le tomó la muñeca de piedra y colocó dos dedos sobre ella.
Entonces abrió los ojos de golpe.
—Tiene pulso…
Adrián se quedó inmóvil.
Inés miró las trece figuras blancas que llenaban el corredor.
—Adrián… están vivas.

Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió.
Adrián miraba a Teresa como si las palabras de Inés hubieran dejado de tener sentido.
—Eso es imposible —murmuró—. Las vi convertirse.
—Yo también —respondió Inés—. Pero tiene pulso.
Volvió a colocar los dedos sobre la muñeca de Teresa.
Débil. Lento. Pero inconfundible.
Un latido.
Inés pasó a la siguiente estatua.
También tenía pulso.
Después a otra.
Y otra.
Las trece mujeres estaban vivas.
Adrián llamó a los guardias, pero Inés lo sujetó del brazo.
—No.
—Necesitan médicos.
—¿Y quién controla a los médicos del palacio?
Adrián comprendió entonces por qué ella había llegado a la ceremonia aparentemente preparada para algo.
Inés llevó la mano al enorme colgante azul que llevaba alrededor del cuello.
—Mi hermana se llamaba Clara —dijo.
Adrián frunció el ceño.
—Nunca hubo una Clara entre mis prometidas.
—Porque aquí la llamaron Teresa.
Inés señaló la estatua cuya muñeca acababa de examinar.
Adrián perdió el color del rostro.
Inés le explicó que su hermana había llegado al palacio seis meses antes. Poco después, la familia recibió una carta oficial afirmando que Teresa había muerto durante una enfermedad repentina.
Pero nunca entregaron el cuerpo.
Después comenzaron a circular historias sobre las “novias de piedra” del príncipe.
Inés había reconocido a su hermana en una pintura que un criado había sacado clandestinamente del palacio.
Desde entonces había investigado.
Todas las mujeres desaparecidas tenían algo en común: antes de la ceremonia recibían un collar ceremonial con una enorme piedra azul.
También Inés había recibido uno.
Pero la noche anterior a su boda había examinado el colgante bajo la luz de una vela.
En la montura encontró un agujero diminuto.
Llevó el collar a un viejo boticario que había trabajado para la familia real.
El hombre palideció al verlo.
Dentro de la piedra había un compartimento minúsculo.
No contenía magia.
Contenía una sustancia.
Una dosis podía dejar a una persona consciente pero incapaz de moverse, reducir su respiración y alterar temporalmente el aspecto de la piel cuando reaccionaba con otro compuesto colocado sobre los labios del príncipe.
El “beso maldito” era un truco.
Antes de entrar al salón, Inés había sustituido la piedra por una imitación de vidrio.
Por eso había sobrevivido.
Adrián la miró horrorizado.
—Yo no sabía nada.
Inés lo observó durante unos segundos.
—Entonces averigüemos quién sí lo sabía.
Entraron esa misma noche en los archivos privados del palacio.
Adrián conocía una escalera utilizada antiguamente por los sirvientes. Al final encontraron una puerta cerrada que solo podía abrirse con el sello real.
Dentro había libros de cuentas, cartas y expedientes.
Trece carpetas llevaban nombres de mujeres.
Adrián abrió la primera.
No eran registros de matrimonios.
Eran historiales médicos.
En cada uno aparecía la misma firma:
Reina Leonor.
La madre de Adrián.
Inés sintió un escalofrío.
Entonces escucharon una voz detrás de ellos.
—Deberías haber aceptado la historia del hechizo.
La reina estaba en la puerta.
No parecía sorprendida.
Adrián se interpuso entre ella e Inés.
—¿Qué les hiciste?
Leonor entró lentamente.
—Las mantuve con vida.
—¡Las convertiste en prisioneras!
La reina negó con la cabeza.
—No entiendes lo que estaba protegiendo.
Durante generaciones, explicó, la corona había utilizado matrimonios para asegurar alianzas con las familias más poderosas del reino. Pero varias jóvenes elegidas habían descubierto documentos que demostraban que Leonor desviaba dinero del tesoro y compraba la lealtad de generales y jueces.
No podía permitir que hablaran.
Matarlas habría provocado investigaciones.
Hacerlas desaparecer habría despertado sospechas.
Pero una “maldición” era perfecta.
El pueblo temía acercarse a las estatuas.
Las familias aceptaban que sus hijas habían sido víctimas de algo sobrenatural.
Y Adrián había sido convertido, sin saberlo, en el centro de la mentira.
—¿Me hiciste creer que yo las mataba? —preguntó él.
Por primera vez, la voz del príncipe tembló.
Leonor guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
Adrián sacó de uno de los cajones los trece expedientes.
—Se acabó.
La reina sonrió.
—¿Y quién te creerá?
Inés levantó una pequeña campana de servicio que había encontrado junto a los archivos.
—Ellos.
Adrián había enviado previamente a dos guardias de su absoluta confianza a buscar al médico de la ciudad y a varios miembros del consejo.
Ahora estaban entrando en el corredor.
Leonor intentó ordenar su arresto.
Nadie obedeció.
Antes del amanecer, médicos independientes examinaron a las trece mujeres.
Confirmaron que estaban vivas.
El tratamiento para revertir su estado llevó horas.
Teresa fue la primera en reaccionar.

Sus dedos se movieron.
Después abrió lentamente los ojos.
Inés cayó de rodillas junto a ella.
—Clara…
Los labios de su hermana temblaron.
—Sabía que vendrías.
Inés comenzó a llorar y la abrazó con cuidado.
Durante los días siguientes, las demás mujeres despertaron.
Y hablaron.
Cada una contó la misma historia: el collar, la ceremonia, el beso y luego meses o años atrapadas en un cuerpo inmóvil, conscientes de voces y pasos a su alrededor.
Sus testimonios, los expedientes y los libros de cuentas hicieron imposible ocultar la verdad.
Leonor fue despojada de sus poderes y juzgada junto con los médicos y funcionarios que habían colaborado con ella.
Adrián renunció temporalmente a sus privilegios hasta que una investigación determinó que nunca había conocido el plan.
Meses después, el gran corredor del palacio volvió a abrirse.
Las trece estatuas habían desaparecido.
En su lugar había trece retratos de las mujeres, cada uno acompañado únicamente por su verdadero nombre.
Teresa regresó con su familia.
Las demás también comenzaron nuevas vidas.
Adrián encontró a Inés una tarde frente al lugar donde antes había estado la primera estatua.
—Supongo que después de todo esto ya no quieres casarte con un príncipe —dijo.
Inés miró el enorme colgante azul que él llevaba en la mano.
Era el collar falso que había salvado su vida.
—Con un príncipe, no.
Adrián bajó la mirada.
Entonces ella sonrió.
—Pero quizá algún día con Adrián.
Un año después se casaron.
No hubo collar ceremonial.
No hubo prueba.
Y antes de besarla, Adrián preguntó:
—¿Estás segura?
Inés miró a Teresa, viva y sonriente entre los invitados.
Luego tomó el rostro de Adrián entre sus manos.
—Esta vez sí.
Se besaron.
Nadie se convirtió en piedra.
Y por primera vez en muchos años, cuando las campanas del palacio comenzaron a sonar, no anunciaban otra víctima.
Anunciaban una boda.







